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El precio de un remedio no es un dato de la naturaleza: comprador único, bioequivalencia y la cobertura que hoy define un juez

Oferta concentrada y demanda pulverizada en cientos de obras sociales tiene un solo resultado posible: el precio lo pone el vendedor. Qué hizo Nueva Zelanda con un presupuesto cerrado hace treinta años, cómo Alemania paga por beneficio adicional y no por novedad, por qué la bioequivalencia chilena es la pieza que le falta a la ley argentina de genéricos de 2002, y por qué la judicialización no se arregla limitando amparos sino dándole al juez un criterio.

Por la redacción de La Brecha·25 de julio de 2026·15 min de lectura
Impacto estimado
Plata
el mismo remedio, mucho menos
Vidas
cobertura por criterio
Estado
300 compradores → 1
Transparencia
precios pagados, públicos

Un medicamento no tiene un precio: tiene tantos precios como compradores enfrenta.

La misma molécula, del mismo laboratorio, fabricada en la misma planta, puede costar tres veces más según quién la compre. No por logística ni por impuestos: porque el precio de un medicamento bajo patente no se determina por su costo de producción —que suele ser trivial— sino por el poder de negociación de quien está del otro lado de la mesa.

Esa frase contiene todo el problema argentino. Del lado de la oferta hay, para cada molécula que importa, dos o tres laboratorios. Del lado de la demanda hay cientos de obras sociales nacionales, obras sociales provinciales, empresas de medicina prepaga, veinticuatro ministerios de salud, hospitales que compran por su cuenta y millones de personas pagando de su bolsillo en el mostrador de la farmacia.

Un mercado con oferta concentrada y demanda pulverizada tiene un solo resultado posible, y no es un misterio económico: el precio lo pone el vendedor.

Después está la otra mitad del problema, que es más incómoda: incluso con precios razonables, no se puede pagar todo. Aparecen tratamientos de cientos de miles de dólares por paciente por año, y alguien tiene que decidir qué se cubre. En Argentina esa decisión no la toma ningún organismo técnico. La toman, caso por caso, jueces que resuelven amparos sin ningún marco de referencia, con lo cual el sistema termina cubriendo lo que se litiga y no lo que más beneficio produce.

Hay países que resolvieron las dos cosas. Uno de ellos hace treinta años, con un diseño tan simple como políticamente doloroso.


1. Los tres problemas distintos

Como en todo lo demás, conviene separar antes de comparar.

Precio. Cuánto se paga por unidad de un medicamento determinado. Es un problema de poder de compra y de competencia.

Cobertura. Qué se financia con fondos colectivos y qué no. Es un problema de priorización, y no tiene solución técnica pura: implica decidir a quién se le dice que no.

Acceso. Que el medicamento efectivamente esté disponible donde el paciente está, cuando lo necesita. Es un problema de abastecimiento y de distribución, y es donde varias de las soluciones a los dos anteriores producen daño colateral.

Casi toda la discusión argentina mezcla los tres. Se pide "bajar el precio de los medicamentos" cuando el problema de un paciente concreto es de cobertura, o se resuelve un problema de cobertura por vía judicial y eso empeora el precio, porque un juez que ordena comprar mañana no negocia nada.


2. Nueva Zelanda: el presupuesto cerrado

Nueva Zelanda hizo en 1993 algo que ningún país rico se animó a copiar del todo, y que treinta años después sigue siendo el caso más estudiado del mundo.

Creó una agencia con un presupuesto anual fijo para financiar medicamentos, y le dio la facultad de decidir cuáles se financian dentro de ese presupuesto. No "cuáles son buenos": cuáles entran en la plata que hay.

Las herramientas que usa son cuatro, y todas se pueden copiar por separado:

Licitación con proveedor único. Para una molécula con varios oferentes, la agencia licita el abastecimiento nacional completo y le da el mercado entero a uno, por un período. Ganar significa vender a todo el país; perder significa no vender nada. Con ese incentivo, los descuentos que se consiguen no se parecen a los de una compra fragmentada.

Precio de referencia terapéutica. Si hay varios medicamentos distintos que producen un beneficio clínico equivalente, se financia el más barato del grupo. Quien quiera otro puede comprarlo pagando la diferencia. Esto es lo que evita pagar de más por una molécula nueva que no aporta nada respecto de la vieja.

Acuerdos de paquete. Se negocia el conjunto de productos de un laboratorio, no cada producto aislado.

Y el presupuesto fijo, que es lo esencial. Cuando el presupuesto es cerrado, financiar un medicamento nuevo significa explícitamente no financiar otra cosa. La agencia no puede decir que sí a todo, y todo el mundo lo sabe, incluido el laboratorio que negocia.

El resultado: Nueva Zelanda gasta por habitante en medicamentos bastante menos que países comparables, con niveles de salud similares.

El costo, que hay que decir sin eufemismos: acceso más lento y más restringido a medicamentos nuevos. Hay tratamientos —oncológicos, sobre todo— disponibles en Australia y no financiados en Nueva Zelanda, y hay campañas públicas de pacientes que llevan años reclamando. Es una crítica real, sostenida y con nombres propios.

Ese es el intercambio genuino, y conviene mirarlo de frente: el presupuesto cerrado no crea la escasez, la hace visible. Un sistema sin presupuesto explícito también le dice que no a gente, solo que lo hace por demora, por trámite, por agotamiento del paciente o por una sentencia que llega tarde. La diferencia es que nadie tiene que firmar esa decisión.


3. Alemania: pagar por el beneficio adicional, no por la novedad

Alemania resolvió otra pieza, y su mecanismo es probablemente el más elegante del mundo desarrollado.

Cuando un medicamento nuevo entra al mercado alemán, el laboratorio puede fijar libremente el precio durante el primer año. En paralelo, un organismo evalúa una pregunta muy concreta: ¿este medicamento produce un beneficio adicional respecto del tratamiento estándar existente, y de qué magnitud?

Terminada la evaluación, se negocia el precio en función de esa respuesta. Y si la conclusión es que no hay beneficio adicional demostrado, el medicamento pasa a pagarse al precio del grupo de referencia: el del tratamiento viejo con el que se lo comparó.

La lógica es difícil de discutir: se paga más solo por lo que aporta más. Un medicamento nuevo que funciona igual que el anterior no vale más que el anterior, por más reciente que sea su patente.

Los efectos secundarios son interesantes. El primer año de precio libre le da al laboratorio un incentivo real a lanzar rápido en Alemania. La evaluación obliga a la industria a producir comparaciones directas contra el tratamiento estándar, en lugar de solo contra placebo, que es lo que suele alcanzar para aprobar un medicamento pero no para saber si conviene. Y hay laboratorios que directamente retiraron productos del mercado alemán cuando la evaluación concluyó que no aportaban beneficio adicional, lo cual es, en sí mismo, información valiosa.


4. Chile: la lección de la bioequivalencia

Chile es el caso regional más útil, y por una razón que suele pasarse por alto.

Chile tiene una central de abastecimiento estatal que compra para el sistema público, y una reforma que habilitó a las farmacias privadas a comprar a través de esa central. Para varios medicamentos crónicos, los precios que llegaron al mostrador cayeron de forma espectacular respecto de los de góndola. La conclusión evidente: la brecha entre lo que cuesta un medicamento comprado con poder de compra y lo que cuesta comprado de a uno es enorme.

Pero la reforma más importante de Chile fue otra, y es menos glamorosa: la exigencia de bioequivalencia.

Un medicamento genérico solo sirve si el paciente y el médico creen que es intercambiable con el original. Y esa creencia no se decreta: se demuestra, con estudios que prueban que el genérico se comporta en el cuerpo igual que el de referencia. Chile impuso la certificación de bioequivalencia de manera progresiva y obligatoria, con sello visible en el envase, y recién entonces la sustitución en farmacia empezó a funcionar de verdad.

Esto importa muchísimo para Argentina, y volvemos en la sección 6.


5. El resto del mundo, en breve

Reino Unido evalúa costo-efectividad con un umbral explícito por año de vida ajustado por calidad. Es criticado por ponerle un número a la vida, y tiene la virtud contraria: le pone el mismo número a todas las vidas. Un sistema sin umbral explícito no deja de poner precio; simplemente lo pone distinto en cada caso, según quién litigue mejor.

Brasil regula precios máximos de venta por un organismo específico, y complementa con programas de provisión directa de medicamentos crónicos a precios subsidiados o gratuitos.

India combina control de precios sobre una lista de medicamentos esenciales con una industria de genéricos que abastece a buena parte del mundo, y es la razón por la cual muchos tratamientos son accesibles fuera de los países ricos.

El patrón común de todos: alguien negocia por todos. Ninguno deja que cada comprador se arregle solo.


6. Argentina: lo que ya hay, y el agujero exacto

Existe la prescripción por nombre genérico. Es obligatoria por ley desde 2002: el médico debe prescribir por el nombre de la droga, y el farmacéutico puede ofrecer alternativas. En el papel, Argentina hizo la reforma correcta hace más de veinte años.

Pero la ley funciona a medias, y la razón es la bioequivalencia. El mercado argentino está dominado por marcas comerciales de laboratorios locales —los llamados similares—, no por genéricos sin marca. Y la exigencia de estudios de bioequivalencia no alcanza a todos los medicamentos, sino a grupos definidos progresivamente. Sin bioequivalencia demostrada de manera generalizada, el médico prescribe la marca en la que confía, el farmacéutico no sustituye con seguridad, y el paciente termina pagando marca. La prescripción por genérico sin bioequivalencia universal es una reforma incompleta, y esa es probablemente la palanca más grande y menos discutida del mercado ambulatorio argentino.

Existe un comprador enorme y no se usa como tal. El instituto que cubre a los jubilados es uno de los mayores compradores de medicamentos de América Latina. Un comprador de ese tamaño podría fijar condiciones al mercado entero. Históricamente el vínculo con la industria se estructuró mediante convenios negociados con las cámaras del sector, más que mediante licitaciones competitivas por molécula. La diferencia entre esas dos formas de comprar, medida en plata, es gigantesca.

Existe trazabilidad. Argentina tiene un sistema de seguimiento de medicamentos que muchos países no tienen, y que es la base técnica para controlar abastecimiento y desvíos.

No existe una agencia de evaluación con decisiones vinculantes. Se propuso muchas veces, en distintos gobiernos, y no se creó. Hay comisiones técnicas que producen informes y recomendaciones, sin poder de decisión. Es decir: nadie decide oficialmente qué se cubre.

Y por eso decide la justicia. El vacío se llena con amparos: un paciente demanda a su cobertura, un juez ordena cubrir. Vistos de a uno, esos fallos suelen ser humanamente irreprochables. Vistos en conjunto, producen un sistema de cobertura donde el criterio de asignación no es el beneficio clínico ni la equidad, sino la capacidad de litigar. Quien tiene abogado accede; quien no, no. Y el efecto sobre el precio es directo: una orden judicial de comprar en 48 horas destruye cualquier posibilidad de negociar.

Vale decirlo con claridad porque suele malinterpretarse: el problema no son los jueces. Los jueces están cubriendo un vacío que la política dejó abierto. Un juez sin criterio técnico al que recurrir no tiene más opción que fallar caso por caso a favor del paciente que tiene enfrente, y hace bien. La forma de ordenar eso no es limitar los amparos: es darle al juez un estándar público, técnico y previamente deliberado al cual remitirse.


7. La propuesta: siete piezas

Pieza 1 — Una agencia de evaluación con decisiones vinculantes

Un organismo técnico, con independencia real, que evalúe medicamentos y tecnologías sanitarias y decida qué se financia con fondos colectivos, con criterios publicados, deliberación abierta, participación de pacientes y decisiones fundadas y recurribles.

Vinculante es la palabra clave. Una comisión que recomienda sin decidir ya existe, y no cambió nada.

Y su efecto más importante no es sobre el gasto: es sobre la judicialización. Un juez que hoy tiene que decidir solo, mañana tiene un pronunciamiento técnico, público y motivado sobre el que apoyarse o al que apartarse fundadamente.

Pieza 2 — Precio de referencia terapéutica

Para grupos de medicamentos con beneficio clínico equivalente, la cobertura financia el precio del más barato del grupo. Quien prefiera otro, paga la diferencia.

Es la herramienta neozelandesa más fácil de implementar, no requiere presupuesto nuevo y produce ahorro desde el primer año.

Pieza 3 — Bioequivalencia universal y progresiva

Cronograma obligatorio de certificación de bioequivalencia para todos los medicamentos donde la intercambiabilidad sea clínicamente relevante, con sello visible, con plazos por grupo terapéutico y con la consecuencia clara: el que no certifica en plazo, sale del mercado o deja de ser financiable.

Sin esto, las piezas 2 y 4 no funcionan, porque nadie sustituye lo que no confía. Con esto, la ley de prescripción por genérico de 2002 recién empieza a hacer lo que decía que iba a hacer.

Pieza 4 — Compra centralizada por licitación para lo que tiene competencia

Para moléculas con varios oferentes: licitación nacional consolidada, con adjudicación de volumen relevante y contratos plurianuales. El poder de compra existe; lo que falta es agregarlo.

No requiere fusionar financiadores ni tocar competencias provinciales: alcanza con una central de compras a la que los financiadores puedan adherir, y con la obligación de comprar por ese canal para lo que se financie con recursos públicos.

Pieza 5 — Fondo único para alto costo

Los tratamientos de altísimo precio para poblaciones chicas rompen a cualquier financiador aislado, y son justamente donde el poder de compra vale más. Un fondo único que cubra el alto costo para todo el sistema —público, obras sociales y prepagas— hace dos cosas a la vez: distribuye el riesgo y convierte a Argentina en un único comprador frente al laboratorio.

Argentina ya tiene mecanismos parciales de reintegro por prestaciones de alto costo. Lo que falta es que sean el canal único de compra, y no un reembolso posterior a compras individuales hechas sin negociación.

Pieza 6 — Precio atado a beneficio adicional

Para medicamentos nuevos: evaluación de beneficio adicional respecto del tratamiento estándar, y precio negociado en función de eso. Sin beneficio adicional demostrado, precio del comparador.

Y contratos de riesgo compartido para los casos de incertidumbre: se paga según resultados, con revisión al cabo de un período. Es práctica común en Europa y no requiere inventar nada.

Pieza 7 — Transparencia de precios

Publicación de los precios efectivamente pagados por cada financiador público por cada medicamento. Hoy los descuentos confidenciales son la norma internacional, y son parte del problema: si nadie sabe cuánto pagó el otro, nadie puede negociar.

Un registro público de precios pagados es lo más barato de toda esta lista y lo que más incomoda, que suele ser buena señal.


8. Lo que esto no resuelve

No baja automáticamente el gasto de bolsillo. Casi todo lo anterior opera sobre lo que compran los financiadores. Lo que una persona paga en el mostrador depende además de la cadena de distribución, del margen de farmacia y de la cobertura ambulatoria. Chile mostró que se puede llegar al mostrador con compra centralizada, pero requiere una decisión adicional y explícita.

Introduce riesgo de desabastecimiento. El proveedor único por licitación es la herramienta más potente para bajar precios y la que más expone: si el ganador falla, no hay plan B inmediato. Nueva Zelanda tuvo episodios de ese tipo. Se mitiga con adjudicación parcial a un segundo oferente, con stocks estratégicos y con penalidades, y no se elimina.

Puede retrasar el acceso a lo nuevo. Evaluar lleva tiempo, y mientras se evalúa hay pacientes esperando. Es el costo real del modelo, y la respuesta razonable son plazos máximos legales y vías de acceso temprano para casos graves sin alternativa.

Y va a chocar con una industria fuerte. El sector farmacéutico es de los mejor organizados del país, con capacidad de litigio, de lobby y de comunicación pública. Cualquier propuesta que ignore eso no es una propuesta, es un deseo.


9. Lo que queda en discusión

El umbral explícito. Fijar cuánto está dispuesto a pagar el sistema por un año de vida en buena salud es la decisión más incómoda que existe en política sanitaria. Hacerlo explícito es más justo y más defendible; también es un titular durísimo. Casi todos los países que lo tienen prefieren no decir el número en voz alta.

Enfermedades poco frecuentes. El análisis de costo-efectividad casi siempre falla para tratamientos de altísimo precio y poblaciones muy chicas. Aplicar el criterio general implica no cubrir casi nada de eso; hacer una excepción implica abrir una puerta sin criterio claro. No hay solución elegante, y todos los sistemas del mundo la resuelven con una mezcla de reglas especiales y discrecionalidad.

Producción pública. Argentina tiene laboratorios públicos con capacidad instalada. Pueden disciplinar precios en nichos específicos, y también convertirse en un costo fijo permanente que produce poco. La evidencia internacional es mixta y depende enteramente de la gestión.

Cuánto centralizar. Una central de compras única es la que más ahorra y la que más daño hace si se corrompe o si se rompe. La compra pública concentrada es históricamente un foco de corrupción en Argentina, y ese riesgo hay que mirarlo de frente: la contrapartida obligatoria es transparencia total de precios y de adjudicaciones, que es justamente la pieza 7.

Y patentes. Toda esta discusión ocurre dentro de las reglas de propiedad intelectual vigentes. Hay herramientas legales —oposición a patentes de baja calidad, licencias obligatorias en emergencia— que otros países usaron y Argentina casi no. Es un terreno con costos diplomáticos y comerciales reales.


Cierre

El precio de un medicamento no es un dato de la naturaleza: es el resultado de una negociación. Argentina se presenta a esa negociación dividida en cientos de compradores, sin agencia técnica que decida qué se cubre, con una ley de genéricos incompleta por falta de bioequivalencia, y con la cobertura de lo más caro definida en tribunales.

Nueva Zelanda demostró hace treinta años que un comprador único con presupuesto cerrado consigue precios que un mercado fragmentado no consigue jamás, y pagó por eso un precio real en acceso, que sus ciudadanos discuten a cara descubierta. Alemania demostró que se puede pagar por beneficio adicional en vez de por novedad. Chile demostró que la bioequivalencia es lo que convierte la prescripción por genérico de una declaración en un mecanismo.

Ninguna de las tres cosas requiere plata nueva. Las tres requieren que alguien acepte firmar decisiones que hoy nadie firma: qué se cubre, a qué precio, y con qué criterio se le dice que no a un paciente concreto.

Mientras nadie las firme, se van a seguir tomando igual —en una sentencia, o en la ventanilla de una farmacia— por gente que no debería estar tomándolas.

Atribución
Publicado por La Brecha el 25 de julio de 2026. Todo dato citado en el texto lleva su fuente.

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